EL OTRO AMOR Si tenemos que ver con niños y jóvenes y no sabemos cómo ayudarles, porque tal vez son rebeldes o agresivos o porque quizás quieran morir o escaparse, a veces nos sentimos tentados a dar buenos consejos. Los educadores saben que esto es totalmente un desperdicio.


El niño o el joven, no se siente comprendido. Sea lo que fuere lo que hacen, si se quieren suicidar o escapar o si son agresivos, todo lo hacen por amor. La cuestión solo es: ¿Para quién es ese amor? Tenemos que descubrir hacia dónde se dirige su amor o tal vez con quién se encuentran enfadados, porque lo aman. Si sabemos eso, hay nuevas perspectivas y probabilidades. Entonces, una criatura tal, se siente comprendida y de a poco puede reunir fuerzas para algo más grande.

Por eso es tan valioso lo que sale a la luz a través de Constelaciones Familiares; las tantas implicaciones de muchas generaciones atrás.

Les cuento un ejemplo, como se da algo así. Hace poco estuve en Japón para dar un curso. Una mujer expresó que no quería ir a casa porque sus padres la rechazan. Entonces, escogí representantes para su mamá y para ella misma. Ésta representante hizo una cara agresiva. Le pedí entonces que le dijera a su madre: “Te voy a matar”. Ella comentó que no se atrevía a decir eso. Enseguida, ubiqué a la mujer representada en la configuración y le pedí que dijera lo mismo a su madre: “Te voy a matar”. Ella lo dijo con rabia. Cuando le pregunté si la frase era la correcta, expresó: “No del todo, solo quiero que se muera”. En la práctica esto significa, que la mujer se quiere matar a sí misma. Su alma no lo soporta.

Si alguien tiene sentimientos así de agresivos ante sus padres, se suicida porque no hay manera de salir de ello. Pero yo no hice nada. Interrumpí la constelación y ya no hice nada con ella. Hasta la olvidé. Olvidarla es un ejercicio espiritual. Ya no son influenciados por mí y no pueden defenderse en contra mío. Hacia el final del curso, la mujer se acercó a mí y dijo: “Esto no me da tregua; a toda costa quiero hacer algo más”. Un colega me propuso hacer una línea genealógica.

Yo accedí. Coloqué una representante para su madre, detrás de ella a su madre, luego la madre de la misma, la siguiente madre y así sucesivamente hasta que se dieron ocho generaciones. Luego ubiqué a la mujer delante de esta línea para ver dónde se encontraba interrumpido el flujo de vida y de amor. Ella se dirigió hacia su madre, pero de la madre no fluía amor hacia la hija. Luego la madre se volteó hacia su madre. Tampoco aquí fluía amor. Así continuó en toda la secuencia, entre todas no hubo nada. Solamente la octava madre apretó los puños, se hizo hacia atrás y miró al suelo. Mirar al suelo significa siempre mirar a un muerto y los puños cerrados aluden a un asesinato. Entonces, pedí que un hombre se tendiera frente a esa madre. De inmediato la mujer se arrastró por el suelo hacia ese muerto, sollozó intensamente y lo abrazó.
Estaba identificada con él remontando ocho generaciones. Después de indicarles a ambos que se pusieran de pie y de haber colocado al muerto junto a su madre, ésta pudo dirigirse con amor a su hija y ella a su vez a su hija, hasta que todas las madres pudieron dirigirse a sus hijas. En el momento en que pudo reconocerse que este muerto existía y pertenecía, el amor pudo seguir fluyendo a través de todas estas generaciones.

A continuación la mujer del caso se arrastró hacia su madre, se hincó frente a ella, abrazó sus pies, sollozó intensamente y dijo:

“Querida mamá”.

Mirar el Alma de los Niños – Bert Hellinger