El derecho de pertenencia

Constelación familiar y conciencia

Para entender la constelación familiar, y comprender su trasfondo, es importante tratar con lo que actúa en una familia o grupo como su alma común, como su alma de familia o grupo.

Intentaré trazar un boceto de las funciones que tenía el alma de grupo originariamente y que, por supuesto, tiene todavía, y diré algo sobre los órdenes que resalta esta alma en el grupo. Planteo este boceto sin verificar si ello corresponde realmente al desarrollo histórico, pues mi objetivo no es reunir pruebas históricas, sino permitir a través de él la acción en el presente. Se trata de elevar a la conciencia impulsos incomprensibles hasta ahora, a menudo de naturaleza trágica, y desde allí encontrar caminos que nos ayuden a resolver o prevenir tales intrincaciones trágicas.

El grupo originario era una horda de unos veinte a treinta miembros, cuyos integrantes dependían los unos de los otros a vida y muerte. Nadie podía abandonar la horda sin perderse. Era también inimaginable que se excluyera a un miembro, salvo, quizá, si había matado a otro. Encontramos un eco de eso en la Biblia, en el relato de Caín y Abel.

En ese grupo regían dos órdenes fundamentales. En primer lugar, cada miembro tenía el mismo derecho de pertenencia, y era impensable que alguien negara a otro ese derecho. Pero, a la vez, cada miembro sabía que el bien del grupo tenía prioridad sobre las necesidades personales. De ahí que, en una horda nómada, los viejos y enfermos que se quedaran atrás en cuanto se convertían en una carga para el grupo. Estaban dispuestos a morir y nadie se interponía en este camino por motivos como pudieran ser, por ejemplo, el cariño personal.

city-1487891_1920Que esto rige todavía hoy entre ciertos grupos se muestra en un acontecimiento que me contó un médico. Estaba en un hospital de Tanzania. Un día, unos hombres de la tribu masai trajeron en unas angarillas a un hombre joven herido en una pierna. Cuando el director del hospital lo visitó se dio cuenta de que la gangrena había avanzado demasiado, que ya no se podría salvar la pierna. Hizo venir a los hombres y les explicó que había que amputar la pierna del joven, ya que en caso contrario moriría. Los hombres dijeron que primero tenían que hablarlo entre ellos. Volvieron al cabo de una hora y le informaron: “hemos decidido que muera”.

Por el mismo motivo aquellas hordas abandonaban a los niños débiles o minusválidos. También en este caso, la supervivencia del grupo tenía prioridad sobre la compasión personal. ¿Eran crueles esas hordas? Conocían sus límites y los aceptaban. De modo que el derecho de pertenencia encontraba sus límites en el bien común. Es decir, que todo servía a la supervivencia y continuidad del grupo como conjunto.

screen-shot-2016-12-13-at-7-36-42-pmEl orden de precedencia

El segundo orden, en esos grupos, aseguraba la precedencia de los miembros anteriores o mayores sobre los posteriores o más jóvenes. Gracias a eso, cada cual tenía su lugar, del que se movía por sí mismo, en el curso del tiempo, de un lugar bajo a otro más elevado. De ahí que en ese grupo tampoco hubiera conflictos con respecto al rango.

La conciencia colectiva

Estos órdenes, del derecho a la igualdad por la pertenencia y de la jerarquía según el tiempo de pertenencia no surgían, sin embargo, de reflexiones racionales. Habían sido fijados por una conciencia colectiva, de modo que cualquier quebrantamiento de este orden llevaba a un malestar con sentimiento de culpa, que hacía retornar al individuo al reconocimiento de dichos órdenes. Llamo colectiva a esta conciencia, en contraposición a la conciencia personal, de la que hablaré más adelante. Dicha conciencia colectiva, a la que también se podría llamar conciencia de grupo o conciencia familiar, es inconsciente en la actualidad. Dentro del grupo arcaico u horda, sin embargo, tienen que haber sido consciente, por lo menos en la medida en que llevaba a sus miembros a sentimientos de culpa, y cuando la culpa era reconocida y reparada, también a sentimientos de inocencia.

umbrella-170962_1920La conciencia personal

Al mismo tiempo, en el encuentro con otros grupos, también se producía necesariamente la diferenciación de “nosotros y los otros”, de “perteneciente y no perteneciente”; y con ello, además, de “bueno y mejor” y de “menos bueno o mal”. Más tarde, esta diferenciación se trasladó a las relaciones de los individuos dentro del grupo, en el sentido de “yo soy mejor que tú”, “yo tengo más derecho a pertenecer que tú”, y con ello a la diferenciación entre bueno y malo, también en el sentido moral. Ante ese telón de fondo se desarrolló la conciencia personal, que percibimos como buena o mala conciencia, unida al sentimiento de inocencia o culpa personal. Esta conciencia también delimita ahora a los miembros del grupo y conduce al desarrollo de la conciencia individual. También, a la oposición de persona y comunidad, y de libertad o autodeterminación, frente a las normas y exigencias del grupo.

En el curso de este desarrollo, las normas y órdenes de la conciencia colectiva se reprimieron al inconsciente, de modo que ya no se podían hacer vigentes de forma inmediata, como buena o mala conciencia. Así como el individuo se ha puesto en gran medida en el lugar del grupo, también la conciencia personal ocupa ampliamente el lugar de la conciencia colectiva. Esto llegó al punto de que la voz de la conciencia personal se entendió como la voz de Dios en el individuo, la cual le daba el derecho de decidir también contra el grupo. Con eso se había llevado al extremo la separación del grupo y de su correspondiente conciencia colectiva. Pero con eso no se ha superado la conciencia colectiva; es más, ni siquiera sería normal superarla, puesto que sigue y ha de seguir siendo el fundamento de la convivencia humana. Por alto y lejos que un árbol lleve su tronco y sus ramas, sin las raíces se hunde. Pero eso no significa que haya que cuestionar lo alcanzado a través de la conciencia personal. Sólo hay que volver a ser consciente de sus raíces y volver a dejarse llevar, nutrir y limitar por ellas.