LOS LAZOS ANTERIORES PERMANECEN

Hoy en día consideramos como normal – y nos comportamos en consecuencia- que la relación de pareja sólo abarque a un hombre y a una mujer. Los dos se quieren, se atraen mutuamente y forman pareja. Pero fácilmente perdemos de vista que cada uno viene de una familia en particular, cada uno de ellos tiene otros padres y otros antepasados. En cada familia ha pasado algo distinto y estas realidades se prolongan en la relación de pareja. Ambas partes de la pareja provienen de un campo energético propio, de un sistema familiar distinto del cual, en muchos aspectos, se hacen cargo. Por lo tanto ninguno de ellos es libre.

Cuando a esto se agrega el que uno, o incluso los dos, ha estado comprometido anteriormente a otra pareja, con la cual tal vez ha habido hijos, y este pasado se junta al presente de mil maneras. Se junta a los niños y al padre o a la madre de los niños.

Precisamos considerar que cada participante en estas relaciones anteriores quiere y debe poder permanecer en el sistema de una forma determinada. Ninguno puede exigirle al otro, en el nuevo lazo, que ignore aquellas relaciones previas. Esto se comprueba a veces cuando la pareja no consigue vivir junta a pesar de desearlo.

Los campos del alma

En una familia considerada aquí en su sentido amplio, es decir incluyendo a los antepasados, todos están vinculados como si tuvieran una sola alma grande. La podemos nombrar también “un campo del alma”. En éste alma grande están presentes todos los que, en otros momentos, han formado parte de ella, también los muertos, todos los muertos.

Por ejemplo, forman parte los niños abortados y los niños precozmente muertos. Pertenecen también a este campo del alma los que han sido apartados y de los cuales se ha ignorado todo. En este campo permanecen presentes. Todos están allí con todos, en resonancia recíproca.

Al mismo tiempo, se da en este campo un movimiento que exige con insistencia reunir a los separados. A raíz de éste, dos movimientos distintos sirven aquel propósito: uno de ellos es el que lleva a un vivo hacia los muertos, uniéndolos en la muerte. A menudo es éste un movimiento del amor y sin embargo, en lugar de la vida, lleva hacia la muerte.

Pero a la vez se da aquí el otro movimiento, el otro tipo de amor, que nos mantiene en vida. Puedo por ejemplo acoger en mí a un excluido, acogerlo dentro de mi alma, con amor. Como consecuencia, en vez de atraerme hacia la muerte, por ser reconocido me brinda protección en mi vida. Esto es el movimiento contrario, un movimiento sanador.

Estando nosotros intrincados de tantas maneras, es obvio que nuestras ilusiones con respecto a una existencia plena y feliz no logran hacerse realidad. Justamente porque estamos intrincados. Pero en cuanto consentimos a estos vínculos del destino, cosa que ellos nos piden, ganamos una profundidad especial, una profundidad lograda a través de la renuncia.

En aquel instante, obviamente, crecemos. Nos hacemos más humanos, nos relacionamos con la totalidad y tenemos otra fuerza.

Revista Hellinger