En el alma existe una profunda necesidad de escaparle a la culpa. Es una necesidad muy profunda.

Muchos problemas surgen porque se piensa que es posible escaparle a la culpa.
Eso comienza con algo muy sencillo, por ejemplo, teniendo que admitir que uno vive a costas de otras personas. Considerando lo que nuestros padres han hecho por nosotros, comenzando con el embarazo de la madre, pasando por el parto y el riesgo que han asumido. Luego ese cuidado durante años y años y la preocupación. Tomar eso y mirarle a los ojos, lo que eso significa para cada uno, no es fácil. Así ocurre que algunos se escapan de la culpa, culpa aquí en el sentido de obligación, y se ponen duros frente a los padres. Ponen exigencias y quizás incluso se sienten grandes y superiores. Todo eso es defensa ante esa culpa. Pero la persona que mira esa culpa a los ojos, que mira a sus padres a los ojos y ve todo lo que ellos han hecho por ella, esa persona es grande. Si detrás de ellos ve también a los abuelos con todo su amor y sus cuidados y dice: “Sí, ahora lo tomo; ahora soy hijo, ahora soy nieto; tomo todo y lo tomo al precio completo que a ustedes les costó”, así el alma se vuelve amplia y grande y, sobre todo, plena de fuerza. Esa fuerza no puede ser retenida, hay que transmitirla. Eso hacen los hijos cuando ellos se vuelven padres. En ese caso lo pasan a los hijos propios, o de otra manera. Entonces de esa culpa, cuando es reconocida, brota una bendición para muchos.
BERT HELLINGER