El odio

El odio nos encadena con el perpetrador.

La víctima queda libre del perpetrador cuando se retira.
Al retirarse remite al perpetrador a su propia alma y a su propio destino.
Esa es una forma de respeto. De esa manera la víctima queda libre.
Retirarse del perpetrador y su acción hacia el centro vacío -así lo llamo yo- da fuerza y, de ser una víctima,
la persona pasa a ser alguien en condiciones de actuar. Sin embargo, aquellos que persiguen y se indignan,
los moralistas y los inocentes, en el alma son malhechores.
Sus violentas fantasías a menudo son peores que la acción del perpetrador.