La conducta de los adolescentes

Mi amigo Lorenzo me citó para hablar de un tema decisivo del tercer milenio: la conducta de los adolescentes. Su hija cumplió quince años y en vez de organizar una fiesta con vals, chambelán y cisne de hielo fue a un festival de re-ggaetón. Naturalmente, esta actividad excluyó a Lorenzo, que odia la estética de crema chantilly de las fiestas de quince años, pero no está preparado para que su hija prescinda de él en su festejo.

Antes, los quince años servían para presentar a una chica en sociedad; ahora sirven para que ella se aleje de la sociedad y se integre a un colectivo que se llama “la banda”.

“Tiene vida propia”, Lorenzo habló como si esta virtud fuera trágica. Para consolarlo, le conté que también yo había pasado por el alejamiento filial. De pronto, la niña que se entusiasmaba con cualquier propuesta paterna (“¡Siempre he querido conocer una fábrica de clavos!”, me dijo Inés cuando la llevé a los seis años a un polígono industrial) se transforma en la adolescente que lee El extranjero de Camus con concentrada angustia, como si el árabe fuera asesinado en cada página. “No tenemos comunicación”, se lamentó. Le dije que me acerco con cautela a mi hija, tratando de distinguir si un cable asoma de su cabello para saber si al hablarle debo competir con su iPod.

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“La adoro”, agregó. Estuvimos de acuerdo en eso y en pedir otra copa. Por los cristales de la cantina veíamos el crepúsculo. Nos había tocado una tarde sin lluvia, de rosáceos resplandores, ideal para reconciliarse con el cielo, pero no con los hijos: “Primero me cuestionó y me pareció sano; luego me repudió y ya no me latió; ahora me ignora y eso es peor”, dijo Lorenzo. “Es un proceso normal y necesario. Volverá a ti”, hablé como un libro de autoayuda. “Lo normal y necesario es espantoso”, mi amigo tiene sangre italiana; en tono apasionado dijo una frase desoladora que sonó cómica: “¡Odio el ciclo vital!”.

Al cuarto tequila Lorenzo ya no quería ser humano. Admiraba a las marmotas y otras especies que se llevan bien con sus cachorros: “Sueño que Cris tiene cuatro años; despierto y tengo una hija que sólo me dirige la palabra para pedir que compre quínoa o quejarse de que el yogur no es orgánico. Hace cuatro meses que no vendo un cuadro y ella piensa en ensaladas”.

Vi los dedos de Lorenzo, permanentemente manchados de pintura: “Soy un proveedor de quínoa. Nada más”.

Miles de padres han pasado por eso. Exageran ante un proceso inevitable, pero sus emociones son auténticas.

Cité un pasaje de El libro de la risa y el olvido, de Milan Kundera. Ya exiliado en París, el escritor checo tomó un taxi en el que recorrió casi toda la ciudad. El conductor, de origen africano, le contó la intrincada historia de su vida y dijo que la estaba escribiendo. El novelista le preguntó si la escribía para sus hijos. El hombre sonrió con tristeza: ellos no querían saber nada de él. “Escribimos libros porque nuestros hijos no se interesan en nosotros”, reflexionó Kundera.

Lorenzo guardó silencio. “Es cierto”, tomó un sorbo de tequila: “Estuve en una escuela donde los niños se fascinaron con mis dibujos. Ahí Cris hubiera sido la única distraída”. “Si ella te pelara, no pintarías”, exageré la tesis de Kundera.

“Lo peor es entrar a su cuarto: es la habitación del pánico”, agregó: “Me da miedo estar ahí. Es como el refugio de una secta”.

Pedimos la cuenta y lo acompañé hasta su casa, a unas cuadras de la cantina. Metió la llave en la cerradura, pero no tuvo tiempo de accionarla. Cristina abrió de inmediato: “¡Te estaba esperando, papi! No sabes cómo te extrañé”. Lo besó en las dos mejillas y me saludó con cordialidad: “¡Juanito, sigues creciendo!”, bromeó alegremente.

¿Qué tenía que ver esta chica con la lúgubre existencialista descrita por Lorenzo? Nada. Pero esa nada tenía una causa:

 spider-constelacionesfamiliares“¡Hay una arañota en mi cuarto!, ¿la matas?”. Luego se dirigió a mí: “Es la tercera vez que sale una araña. Son adictas a mí, ya se dieron cuenta que soy aracnofóbica”.

Fuimos a la habitación de su hija y Lorenzo cumplió con su papel de depredador doméstico. Ella lo abrazó, con enorme cariño: “Eres lo máximo”.

Después de todo, la situación de mi amigo no era tan mala. Se lo dije y sonrió para sí mismo. Antes de despedirme, me llevó al garaje. Se dirigió a una repisa y tomó un frasco. Lo acercó a mí para que lo viera.

Estaba lleno de arañas.

Autor: Juan Villoro

Tomado de (www.reforma.com)