No se lo digas a Woodie

Mi perra lleva uno de esos de collares de «vallado invisible». Tenemos un alambre que rodea el jardín; si Woodie se acerca, el collar pita. Y si va más allá, sufre una pequeña descarga (creo que eso sólo ha pasado una vez). El perro asocia el pitido con la descarga y no vuelve a acercase al límite.

Bueno, pues la cuestión es que hace un año el alambre se rompió, de modo que el sistema ya no funciona. Pero Woodie ha asociado el collar con su funcionamiento, así que sólo sale del jardín si le quitamos el collar.

El límite está en su cabeza, no en el sistema.

¿A cuantas cosas le tenemos miedo y simplemente dejamos de esforzarnos?
En algún momento de nuestra vida ya tratamos y el resultado no fue favorable, por lo que actualmente en nuestra mente esa alarma se dispara sola: ya no lo intentes, ¿te acuerdas que ya trataste?
El límite (miedo) ya está en tu sistema.

 

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El imperativo Semmelweis

 

Para ir más allá y triunfar se necesita tacto. Estás intentando cambiar las cosas, no que tu iniciativa atemorice o enfurezca a los demás.

Ignaz Semmelweis fue un médico húngaro del siglo XIX que descubrió que la falta de higiene de los médicos y, en especial de sus manos, era la causa de un significativo número de enfermedades y muertes. A pesar de que dedicó su vida a difundir este descubrimiento, murió sin ver reconocido su éxito.

En un libro publicado en 1861, Semmelweis escribió: «En la mayoría de las aulas de medicina todavía se oyen conferencias sobre la epidemia de la fiebre puerperal y discursos en contra de mis teorías… En 1854 en Viena, el lugar de nacimiento de mi teoría, cuatrocientos pacientes de maternidad murieron de fiebre puerperal.»

¿Por qué? Si los resultados de su sencilla aportación eran tan profundos, ¿por qué los médicos y la comunidad científica la negaron tan rotundamente?

Por dos razones. En primer lugar, Semmelweis nunca se esforzó por explicar sus conocimientos. Sin un porqué ni una explicación era difícil que sus ideas tomasen impulso y se difundieran.

“Y en segundo lugar, tal como afirma Atul Gawande en su libro Mejor: notas de un cirujano sobre cómo rendir mejor, Semmelweis era un majadero. Estaba tan orgulloso de su teoría que nunca se preocupó por convencer a los demás ni por tener paciencia. A un médico le escribió: «Usted, señor profesor, ha sido cómplice de esta masacre.» Y a otro: «… declaro ante Dios y el mundo que usted es un asesino».

Rompe moldes, pero hazlo con tino. Después de su primer descubrimiento, por alguna razón, Semmelweis dejó de apostar, dejó de trabajar para marcar la diferencia. En lugar de defender su teoría, se retiró del mapa y no logró causar el impacto que podría haber tenido.

 

Muchas veces por ego hemos dejado de aceptar otras opiniones, hemos dejado de crecer, y en esa absurda actitud (de lo sé todo) enquistamos a gente y  aportaciones valiosas para nuestro crecimiento, entre ellas la humildad y la tan necesaria tolerancia.

Tomado de: Seth Godin. 

Libro: ¡Hazlo!.