La Mentira Desde el Punto de Vista Psicológico

La mentira desde el punto de vista psicológico

Texto publicado por La Nación, traducción de una nota en New York Magazine realizada por Bo Bronson.
En los últimos años, un grupo de investigadores se decidió a tratar de entender por qué mienten los niños. Para un estudio destinado a evaluar la mentira entre adolescentes, la Dra. Nancy Darling, entonces en la Universidad Estatal de Penn, congregó a un grupo de unos doce estudiantes, todos menores de 21 años. A cada uno le entregó un mazo de 36 tarjetas, cada una de las cuales consignaba un tema en el que a veces los adolescentes les mienten a sus padres. Con una pizza y una Coca, cada adolescente revisó el mazo junto a dos investigadores, señalándoles las cosas sobre las que mentía a sus padres, y por qué.

“Empezaron diciendo que los padres les daban todo y que uno debería contarles todo”, dice Darling. Al final, vieron cuánto mentían y cuántas reglas familiares habían transgredido. Según la investigadora, el 98% de los chicos consultados dijo que les mentía a sus padres.

De los 36 temas consignados en las tarjetas, cada adolescente dijo mentirles a sus padres en un promedio de 12. Mentían respecto de la manera en que gastaban la plata que recibían de ellos, acerca de si habían empezado a tener relaciones sexuales y sobre la ropa que se ponían cuando no estaban en sus casas. Mentían sobre la película que habían ido a ver y respecto de con quién habían ido. Mentían en cuanto a su consumo de alcohol y de drogas, y lo hacían también si estaban saliendo con amistades que sus padres desaprobaban.

El hecho de ser estudiantes excelentes no cambiaba mucho las cosas; tampoco había grandes cambios en el caso de chicos con gran número de actividades: ninguno de ellos estaba tan ocupado como para no transgredir algunas reglas.

Durante décadas, los padres han considerado que la franqueza es el rasgo más apreciado en sus hijos. Otros, valores como la confianza en sí mismos y la sensatez, ni siquiera se le aproximan. Los jóvenes reciben este mensaje. En las encuestas, el 98% dijo que la confianza y la franqueza eran esenciales en una relación personal. Según la edad, entre el 96 y el 98% dijo que mentir era malo moralmente. Entonces, ¿en qué momento el 98% que cree que mentir está mal se convierte en el 98% que miente?

Un hito del desarrollo

Todo empieza muy temprano. De hecho, los niños brillantes –los que tienen mejores resultados académicos– empiezan a mentir a los 2 o 3 años. “La mentira está relacionada con la inteligencia”, explica la doctora Victoria Talwar, profesora adjunta de la Universidad McGill de Montreal y una de las mayores expertas en la conducta mentirosa de los niños. Aunque pensamos que la veracidad es la mayor virtud de un niño pequeño, resulta que mentir es, en realidad, su capacidad más notable. Un niño que miente debe reconocer la verdad, concebir intelectualmente una realidad alternativa y ser capaz de “venderle” convincentemente a alguien esa nueva realidad. Por lo tanto, mentir exige un desarrollo cognitivo avanzado y habilidades sociales que la veracidad no requiere. “Es un hito del desarrollo”, concluyó Talwar.

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Y esto pone a los padres en la situación de sentirse condenados o bendecidos… Si su hija de 4 años es una buena mentirosa, eso es señal de que es inteligente. Y los niños listos son los que corren más riesgo de convertirse en mentirosos a repetición. Cuando cumplen 4 , la mayoría de los niños empieza a experimentar con la mentira para evitar castigos. Por eso mienten cuando evalúan que el castigo es una posibilidad. Un niño de 3 años dirá “no le pegué a mi hermana” aun cuando sus progenitores lo hayan visto hacerlo.

La mayoría de los padres oye mentir a su hijo y supone que es demasiado pequeño para entender qué es una mentira o que mentir está mal. Suponen que dejará de hacerlo cuando sea más grande y aprenda a distinguir. Talwar descubrió que es exactamente al revés: los que entienden temprano la diferencia entre la mentira y la verdad, usan ese conocimiento para su provecho, lo que los hace más proclives a mentir cuando se les da la oportunidad.

Según Talwar, los chicos “se acostumbran” a mentir. En estudios en los que se observa a los niños en su entorno natural, uno de 4 años mentirá una vez cada 2 horas, y uno de 6 mentirá una vez cada hora y media. Las excepciones son pocas. Para el momento en que alcanzan la edad escolar, las razones para mentir se tornan más complejas. Evitar el castigo sigue siendo el motivo primordial, pero la mentira también se vuelve un medio para aumentar el poder y la sensación de control. Los niños manipulan a sus amigos con burlas, se jactan para afirmar su status, y aprenden que pueden engañar a sus padres.

En la primaria, muchos empiezan a mentirles a sus pares como mecanismo de defensa, para aliviar frustraciones o llamar la atención. Cualquier aluvión de mentiras es una señal de peligro: algo ha cambiado en la vida del niño de una forma que le resulta perturbadora. “Con frecuencia, mentir es un síntoma de un trastorno de conducta más importante –explica Talwar–. Es una estrategia para mantenerse a flote.”

En estudios longitudinales, la mayoría de los niños de 6 años que mentían mucho empezó a hacerlo menos, gracias a la socialización, a los 7 años. Pero si mentir es para ellos una estrategia exitosa para manejar situaciones sociales difíciles, seguirán haciéndolo. Cerca de la mitad de los niños miente, y si siguen haciéndolo mucho a los 7, es probable que sigan así durante el resto de la infancia. Se han convertido en adictos.

“Mi hijo no miente”, insistía Steve, un padre de poco más de 30 años, mientras miraba a Nick, su hijo de 6, que jugaba con una investigadora en el laboratorio de Talwar en Montreal. Steve describía a su hijo como un niño de buen humor y sociable. “Yo nunca lo he oído mentir”, dijo. Había llevado a su hijo al laboratorio después de ver un anuncio en una revista para padres que preguntaba: “¿Su hijo puede diferenciar la verdad de la mentira?” La idea de que su hijo no fuera sincero con él le resultaba profundamente perturbadora. Durante el estudio, Nick engañó, mintió y luego volvió a mentir. Lo hizo sin vacilar, sin un atisbo de remordimiento.

Uno de los experimentos –una variación de otro llamado paradigma de resistencia a la tentación– se conoce en el laboratorio como “el juego de espiar”. Una de las investigadoras de Talwar le dijo a Nick que jugarían a las adivinanzas. Nick debía sentarse de cara a la pared y tratar de adivinar cuál era el juguete que ella sacaba, basándose en el sonido que hacía. Si adivinaba 3 veces, ganaba un premio. Los 2 primeras fueron fáciles: un auto de policía y una muñeca que lloraba. Nick saltó en su silla, encantado, al acertar ambas veces. Después, la investigadora sacó una pelota de fútbol e hizo sonar una versión de Para Elisa, de Beethoven. Nick no supo qué contestar. Entonces, la investigadora dijo que debía salir un momento de la habitación y le advirtió que no espiara mientras tanto. Desde una cámara oculta vio cómo Nick se dio vuelta, a los 13 segundos. Apenas regresó, Nick –otra vez de cara a la pared– anunció triunfante: “Una pelota de fútbol!”. La investigadora le pidió que esperara hasta que ella se sentara. El niño entendió que su respuesta debía sonar más dubitativa, y preguntó, vacilante: “¿Una pelota de fútbol?”

Se le dijo que era correcto, y se le preguntó si había espiado: “No”, dijo rápidamente. Y su rostro se iluminó con una gran sonrisa. Sin un solo matiz de sospecha en su voz, la investigadora le preguntó cómo había descubierto que el sonido procedía de una pelota de fútbol. Nick apoyó el mentón en las manos y dijo: “La música sonaba como una pelota. La pelota sonaba como si fuera blanca y negra”. Nick añadió que la música sonaba como la de las pelotas con las que jugaba en la escuela, que emitían un chillido. Y que la música sonaba como el chillido que escuchaba cuando pateaba una pelota. Para enfatizar su idea, refregó con la mano un costado de la pelota.

Este experimento no era sólo una prueba para ver si los niños mienten cuando son sometidos a la tentación de hacerlo. También buscaba probar la capacidad del niño de sostener la mentira, dando explicaciones plausibles y evitando contradicciones. Así que la investigadora aceptó sin cuestionamientos el hecho de que las pelotas de fútbol tocan Beethoven cuando las patean y le dio a Nick su premio. El niño estaba encantado.

El 76% de los chicos de la edad de Nick aprovecha la ausencia de los investigadores para espiar durante el juego y, cuando se les pregunta si espiaron, el 95% miente. Pero a veces las investigadoras les leen un cuento antes de preguntarles si espiaron. Uno es Pedro y el lobo, la versión en la que el niño y las ovejas son devorados por causa de las repetidas mentiras de Pedro. Alternativamente, les leen George Washington y el cerezo, en el que el pequeño George confiesa a su padre que ha talado ese árbol con su hacha. Termina con la respuesta del padre: “George, me alegra que hayas talado el árbol después de todo. Escucharte decir la verdad en vez de mentir es mejor que tener mil cerezos”.

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Aprender de los grandes

Ahora bien, ¿cuál de los dos cuentos creen que redujo más la cantidad de mentiras? Entre 1300 personas consultadas, el 75% pensó que Pedro y el lobo funcionaría mejor. Sin embargo, esta fábula no redujo en absoluto la cantidad de mentiras en los experimentos. De hecho, después de escuchar el relato, los chicos mintieron incluso algo más de lo normal. Mientras tanto, el hecho de escuchar George Washington y el cerezo –aun cuando Washington fue reemplazado por un personaje menos célebre para eliminar su potencial influencia sobre los niños de más edad– redujo la cantidad de mentiras de los niños un 43 por ciento.

Pedro el pastor sufre el castigo, pero que las mentiras tienen castigo no es nuevo para los niños. Agravar la amenaza del castigo por mentir sólo vuelve a los niños más conscientes del potencial costo personal, no les muestra cómo sus mentiras afectan a otros. Los expertos descubrieron que los niños que viven bajo amenaza constante de castigo no mienten menos. Se convierten en mejores mentirosos a temprana edad: aprenden a ser atrapados con menor frecuencia.

En última instancia, no son los cuentos infantiles los que logran que los niños dejen de mentir, sino el proceso de socialización. Pero la enseñanza del cuento del cerezo es útil: según Talwar, los padres deben enseñar el valor de la sinceridad tanto como deben decirles que mentir está mal.

La razón más perturbadora por la que los niños mienten es porque los padres les enseñan a hacerlo. Según Talwar, los niños lo aprenden de nosotros. “No les decimos explícitamente que mientan, pero nos ven hacerlo. Nos ven decirle al telemarketer No soy la dueña de casa. Nos ven mentir en nuestras relaciones sociales.”

Pensemos en cómo esperamos que actúe un niño cuando recibe un regalo que no le gusta. Le decimos que se trague todas sus reacciones sinceras y que finja una sonrisa cortés. En otro experimento de Talwar los niños compiten en un juego por un regalo, pero, cuando lo reciben, se trata apenas de una barra de jabón. Después de darles un momento para superar el shock, un investigador les pregunta si el obsequio les gustó. Alrededor de un cuarto de los preescolares es capaz de mentir y decir que le gustó. Y el porcentaje se eleva a la mitad en los chicos de primaria. Mentir los incomoda, más cuando se les pide que digan por qué les gusta recibir ese jabón. Mientras tanto, los padres usualmente alientan esas mentiras de compromiso. “Los padres suelen estar orgullosos de que su hijo sea «cortés»; no consideran que sea una mentira”, señala Talwar.

Los adultos admiten decir, en promedio, una mentira diaria. La enorme mayoría de estas mentiras son de compromiso, para protegerse a sí mismos o a otros, como decirle al compañero de oficina que trajo galletas que están riquísimas.

Alentados a decir tantas mentiras de compromiso y escuchando tantas otras, los niños empiezan a sentirse cómodos con su propia falta de sinceridad. Aprenden que la franqueza crea conflictos y que mentir es una manera de evitarlos. Y aunque no confunden las mentiras de compromiso con las dichas para encubrir travesuras, sí trasladan el marco emocional entre ellas. Se les vuelve más fácil, en el plano psicológico, mentirles a los padres.

La ironía de mentir es que se trata de una conducta normal y anormal al mismo tiempo. La mentira es esperable, pero no por eso hay que menospreciar su importancia.

Por Po Bronson (c) 2008 New York Magazine
(Distribuido por Tribune Media Services)